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Tómese una oración sencilla. Que sea de naturaleza negativa. Ejemplo: “Yo no puedo”. Repítase, concienzudamente 1.001 veces cada día durante tres meses. Se obtendrá un dios caníbal que se complacerá devorando a su sirviente y a su mundo. Destrucción que, por voluntad divina, no podrá evitarse.

 

Otra oración: “Yo no merezco”. Con igual tratamiento que en el caso anterior crearemos un rozagante diosazo incontestable, fuente permanente de frustración y castigo. El adepto, hallándose a sí mismo al apartarse en la renuncia,  terminará por ausentarse de su propio reflejo en los ojos de sus seres amados, de sus orgasmos, de su propia huella en la tierra y hasta del paraíso en el cielo que, evidentemente, no habrá merecido.

 

De otra planta del Jardín de los dioses posibles podemos tomar otra semilla, otra oración que elevar a los altares interiores: “Yo no sé”. Se conjurará al dios de la ignorancia, y nutriéndolo con el ensalmo crecerá hasta llenar el corazón, que dudará de los afectos propios y ajenos; la cabeza, que nunca discriminará la opción correcta, pero sabrá esperar la incorrecta con una justificación, una disculpa y una penitencia; el deseo, que inseguro de sí mismo,  siempre asustado y encogido temerá eternamente estar haciendo lo contrario de lo que es.

 

¡Y cuántas más pueden plantarse al pasear, despreocupadamente, por el bosque de los dioses posibles!  “No tengo tiempo” “no tengo salud” “no tengo dinero”. Multiplicados por la tenaz repetición lastimera, inconsciente… real… adquieren una existencia ávida que parasita el mundo robándoselo al gozo. Mundo de impotencia, mundo de ignorancia, mundo que funciona sin mí y que los noticiarios muestran, los periódicos describen, los políticos pervierten y que, como todo el mundo sabe, es que es “la realidad”.

 

No hay ateos y apenas hay creyentes que crean en lo que dicen creer. Cada quien crea sus propios dioses en los que dice no creer y dice creer en otro que, realmente, no está creando, regando, plantando y mimando en su bosquecillo personal de dioses posibles.

 

¿Importa algo el nombre de Dios? Ahí va uno con apellidos: Yo sé y puedo amar y merezco amar y ser amado. Es un Dios encarnado en el corazón y en su necesidad de haber creado el lenguaje para hallar la mayor plenitud posible.

 

 

EL CUERPO DE DIOS.

-Aprecias mucho tu pellejo ¿Verdad? –pregunta un arrogante y despectivo mercenario (Sean Bean) a Robert de Niro, otro mercenario, en Ronin-

 

-Me cubre el cuerpo –responde De Niro como sólo él sabe-

 

A mí también me encanta mi pellejo, el contenido y todo lo que ocupa este espacio entrañable. Me fascina esta división del espacio que hacen mis sentidos y mi razón llama “yo”. Sé que mi cuerpo es una abstracción, una ilusión, lo mismo que mi existencia, pero me encantan. Son la ilusión más entretenida que he encontrado hasta ahora, tanto que la mayor parte del tiempo lo último que pienso es que son una ilusión. En este tema me pasa lo mismo que en muchos otros, creo creer en algo, pero me puedo portar como si lo que creyese de verdad fuese exactamente lo contrario. Por ejemplo. Creo que Dios es gozo puro, creo que yo soy Dios, pero hasta ahora, he sido perfectamente capaz de pasarme horas sumido, por ejemplo,  en la preocupación, honrando a un dios cruel que exige una atención doliente… Puede verse que soy capaz de muchas cosas, y este es otro rasgo de mí mismo que me parece fascinante.

 

No sé tú porque aún no conozco a todos los lectores personalmente, pero sospecho, creo… en realidad estoy seguro de que tú también eres un encanto. Un ser digno de amor. Un ser digno de ser amado por lo que de divino hay en ti, que es todo. Tus verdades y tus contradicciones, tus creencias, tus actos y las diferencias que a veces hay entre ellos. Porque intentas que cada vez unas y otros se parezcan más… Y por tu cuerpo serrano que existe con un buen par… de lo que sea.

 

Tu cuerpo es divino. ¿Cómo se puede adorar a un Dios que exige la represión de los deseos, la mortificación del cuerpo,  la insatisfacción, la tortura, el martirio, el asesinato? ¿Acaso no está satisfecho en su perfección? ¿Por qué pide? Entonces no puede ser Dios pues está incompleto. ¿Qué clases de religiones crean dioses impotentes, incompletos y frustrados que piden a otros que maten por ellos, que  sufran por ellos, que penen por ellos,  que se repriman en su nombre, que exigen sangre: ablación, guerras santas, que exigen significación política. Que exigen dinero. Religiones de un dios remoto que necesita intermediario que hable por él porque todos los demás  estamos incapacitados para escucharle.

 

Claro que esas religiones representan, lisa y llanamente, lo que, probablemente tú y yo llevamos dentro. Dioses locales a los que, casi siempre sin querer, nos sometemos a pesar de nuestras creencias. El diosecillo del no puedo-no merezco, por ejemplo,  bien alimentado con oraciones y ofrendas puede crecer hasta invadir completamente la existencia.

 

Tú y yo podemos ayudar a esas religiones para que vuelvan a fluir hacia su origen ayudándonos a nosotros mismos. Cada vez que elijamos el amor, la unión, frente a la separación. No hay culpables aquí tampoco. Pero tú y yo sí podemos hacer algo, hacer mucho: mirar serenamente a los ojos al Dios-a más hermoso-a que podamos concebir y ver que su gozo es contemplarnos.

 

 

No sé qué es la humildad más que como teórico. Tras su paso, la reconozco, pero cuando ha sido necesaria, muchas veces se me ha escapado… Y si he sido humilde no logro recordarlo porque es algo que no pasa en la mente en la que excavo para verme y encontrarme a mi propia altura imaginaria, sino en el alma sin dimensión. Me pasa lo mismo con muchas grandes palabras: inocencia, abandono, desapego, amor, valor, confianza, libertad.

 

Creo que la humildad es una respuesta adaptativa al instante. Una respuesta anterior al ataca-huye. Lo mismo que el amor, lo mismo que las grandes palabras. No son palabras, son vibraciones energéticas de alta frecuencia imposibles de sorprender en la foto-finish de una palabra o en un cultivo en un microscopio. Son entidades vivas, portales hacia el espíritu que poseen a quien se vacía de sí con una inteligencia de una cualidad infinitamente superior. Son puro presente.

 

Sé que los estados del alma hacia los que apuntan estas grandes palabras son las claves genéticas reales de la evolución humana. No personal. Humana. Si nos hemos sobrevivido a nosotros mismos es porque en el momento definitivo su significado ha prevalecido por encima del de otras de apariencia más real como soberbia, odio, ira, nazismo, comunismo, capitalismo, guerra, moda.

 

La humildad no se planifica. No se la pone en la agenda entre la cita de las nueve y pasar la ITV. Lo mismo que la libertad. Y al igual que la mismísima libertad (“Libertad no conozco sino de la libertad de estar preso en alguien, cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”) que cantaba Luis Cernuda, la humildad tampoco es libre. Se es humilde cuando no queda más remedio, cuando no hay otra opción posible más que dejar hablar al alma. No estoy hablando del débil que humilla su cabeza cuando el fuerte agita el puño. Si uno se cree débil no puede ser humilde, sólo sentirse cobarde. Sin embargo el débil que levanta la cabeza ante la violencia ha rebajado el terror del cuerpo ante la grandeza del espíritu. Si humilla algo, si deja algo en el suelo, es su terror. Ha comprendido que él no es su miedo y ya no tiene libertad para ser cobarde. Levantar la cabeza puede ser humildad, y no es un espectáculo porque el público de la escena difícilmente lo comprenderá en el momento, es algo infinitamente personal y trascendente entre el miedo, que es una posibilidad de error (¿una libertad?) que tenemos, y el alma, que es lo que somos. Gandhi, Jesús y tantos otros lo hicieron y lo hacen. Sus gestos siguen vivos aquí y ahora, entre tú y yo.

 

Me pregunto cómo será el instante en el que todos los habitantes del planeta nos inclinemos ante lo que realmente somos. Cuando todos nos inclinemos ante la belleza radiante del alma del otro, dueña de nuestra existencia. Será el día en el que los versos de todos los poetas vuelen desde los féretros de los libros de texto y se conviertan en estrellas ante nuestros ojos. Y no sólo los versos. Todos estaremos ahí ese día y nos reconoceremos.

 

1.- LOS PIES EN LA TIERRA, LAS MANOS EN EL TRABAJO, LA MIRADA EN EL CIELO. –San Agustín-

Las implicaciones de las traducciones posibles de “Hatha Yoga” son fascinantes. Siempre tengo presente la de unificación dinámica o unificación de la polaridad. La mente funciona extraordinariamente bien separando, polarizando: si hay un arriba,  existe un abajo. El hatha yoga explora el flujo que une los polos disolviéndolos. Una imagen para visualizarlo: activa sólo el polo positivo de un circuito eléctrico. Nada. El negativo. Nada. Activa ambos ¡Luz!

 

Podemos especular filosóficamente acerca de las polaridades, los flujos y la experiencia de unidad (Shakti-Shiva, monismo-dualismo, yin-yang), pero el hatha yoga es para experimentar sensorialmente. Si quieres colocar bien la cabeza, has de pisar bien. Y al alinear cabeza con pisada percibirás tu cuerpo como un flujo de movimiento que te centra y te calma.

LOS PIES EN LA TIERRA: LA HUELLA. EL CAMINO.

 

“Los pies en la tierra” La mejor manera de asentarte sobre tu propia huella (el mejor lugar de aprendizaje y el mejor sitio del universo), es sensibilizarte a la percepción polar de, por un lado,  el peso cayendo sobre tus plantas (atención) y, por el otro, el empuje que desde ellas realizas hacia la cima del cráneo (intención). Y ambas sensaciones requieren el concurso de todo el cuerpo. No estamos hechos para desplomarnos sobre la tierra, sino para apoyarnos en ella y elevarnos todo el tiempo. Sentir la huella es viajar hacia el cielo.

 

Una manera simple y definitiva de experimentar las dinámicas de “dejarse caer” y “empujarse hacia arriba” la brinda el ejercicio clásico ser levantado, en dos momentos diferentes, por un compañero de clase. En el primero, de pie, flexiona ligeramente las rodillas y concentra tu atención en “pesar todo lo posible” sobre tus plantas dejándote caer al mayor grado sin desplomarte. Respira moviendo ampliamente el vientre. En el segundo, practica la postura de atención (samasthitih o tadasana) empujando claramente desde la planta de tus pies hacia la cima de tu cráneo a través de la cadena de apoyos y manipulaciones que has aprendido en clase. Respira moviendo ampliamente el pecho (ujjaji pranayama, si lo conoces).

 

Debes hacer los dos papeles (ser levantado y levantar) y recuerda: por tu seguridad es esencial que cuando eleves a tu compañero te pegues literalmente a su espalda con tus rodillas flexionadas, bien separadas, y abrazándolo ceñidamente por su cintura. Así empujarás con tus piernas en vez de tirar con tu espalda. Levántalo ante una señal previamente acordada, cuando se sienta concentrado en el ejercicio.

 

Evidentemente vuestro peso no varía, pero la manipulación que de él hacéis sí. Este descubrimiento lo cambia todo.  Los mecanismos para manipular el peso del cuerpo en la vida cotidiana son inconscientes. Es ahora cuando empezamos a notar el flujo de energía silenciosa,  lo no dicho que rellena los extremos entre los que nos ubicamos. (“Aquí empieza el Yoga” que dice Patanjali…)

En la práctica del hatha yoga apoyo y empuje proceden de tu huella y se van reproduciendo, paso a paso, en cada articulación que los transmite a la siguiente. La energía de los pies, su “caminar”, transita en todo tu cuerpo “haciendo camino al andar”. Tú eres tu camino.

 

LAS MANOS EN EL TRABAJO.

 

Observando el ingente espacio y la energía que el cuerpo usa para representar las manos en el cerebro nos damos cuenta de que estamos hechos para sentir, tocar y transformar el mundo. Los movimientos de las manos expresan cómo se mueve nuestro cerebro.

 

Te propongo un ejercicio que llamo “seguir las manos”. Relájate en pie con los pies a la anchura de los hombros, flexionando un poco las rodillas sobre los dedos gordos, “pesando” de cintura hacia abajo (empujando un poco el sacro hacia delante) y “aligerándote” de cintura hacia arriba (hombros atrás-abajo, cabeza atrás arriba, pecho suavemente abierto), como si desde el cielo tirasen de tu coronilla alargando suavemente tu cuello, espalda y cintura con un hilo. Céntrate bajo el ombligo y respira moviendo natural y profundamente el vientre hacia abajo (empujando el suelo pélvico al inhalar y reabsorbiéndolo al exhalar), hacia delante y hacia los lados sin sonido. Apoya tus manos, una sobre otra, bajo el ombligo. Cuando estés relajado eleva las manos ante tu plexo, palma frente a palma con los dedos ligerísimamente estirados, codos flexionados y bajos y juega a separarlas al inhalar (como si el movimiento de tu vientre se representara en el espacio entre las manos) y a acercarlas al exhalar. Cuando lleves un rato, desde la calma y la sensibilidad, acaricia la “burbuja de energía” que parece haber entre ellas. Cuando lleves un rato así ya puedes dejar que las manos se muevan “como ellas quieran”, prueba a dejarte sorprender con cada movimiento que decidan hacer. Libéralas de tu cerebro. En vez de hacer que ellas sigan sus órdenes, juega a que “tu” las sigues a “ellas”. Comienza a permitir que todas las articulaciones del cuerpo “sigan a las manos”. Que sólo permanezcan inmóviles los pies sobre tu huella. Dale libertad a cada articulación, a cada nervio para que exprese la misma libertad que tus manos. ¡Sorpréndete y disfruta! Cuando elijas terminar el ejercicio regresa a la posición original con las manos en el vientre, durante varias respiraciones, disfrutando de una profunda calma antes de darlo por concluido.

 

“Seguir las manos” nos ayuda a invertir el proceso “cerebro-manipulación” (hacer lo que quieres, consciente e inconscientemente) y nos permite “manipular el cerebro”, relajarlo, masajearlo (querer lo que haces, pura consciencia). A un hatha yogui, además le facilita la comprensión de cómo reabsorber la energía de los sentidos en el cerebro en vez de proyectarla para recrear el mundo a nuestra imagen y semejanza.

 

Me gusta relacionar el “sentido común” con la imagen yóguica del auriga (yoga = yugo o tiro de caballos) que maneja las riendas de los cinco corceles de los sentidos uncidos a su carro.  Al practicar hatha yoga cada manipulación realizada con el cuerpo y su percepción se absorbe y representa en el cerebro (el verdadero unificador de las “riendas” de los nervios) con la misma nitidez con la que en él se imprime cada movimiento de las manos. Será como llenar el espacio del cuerpo de manos que aprietan, acarician, estiran, sostienen…  modelan el instante.

 

 

LA MIRADA EN EL CIELO:

 

Practicar hatha yoga no abre un tercer ojo en nuestra frente, lo hace en cada nervio (igual que desarrolla en ellos “pies” y “manos”, como hemos visto). La “mirada en el cielo” en hatha yoga es, por supuesto, la mirada en el cuerpo.  Esta cualidad del enfoque, del discernimiento se expresa en “dristi” o la atención visual que conlleva tradicionalmente cada movimiento. La mirada del hatha yogui al practicar refleja su concentración en el movimiento y la expansión de su percepción, su presencia.

 

2.- Sentido común = técnica + trampa

 

Si vienes a mi clase, lo que más me interesa es ayudarte a escuchar y liberar tu instante al practicar. Te doy técnica, te apoyo, sostengo, empujo y te dibujo mapas mentales, pero no me interesa que los estudies exhaustivamente ahora mismo. Una parte esencial de mi trabajo es dar técnica. La tuya es desarrollar ese “menos común de los sentidos”. Caminar tus propios pasos, empleando tus manos y viendo con tus propios ojos, no con los míos. Para ello, además de la técnica, los apoyos físicos y los mapas te muestro “la trampa”, que es la diferencia entre la técnica “perfecta” y tu “sentirte perfectamente”. Es darte permiso para que te des permiso. Sí duele, suéltalo. Yoga es uno, no uno contra otro.

 

Todo vale para relajar el dolor, esencialmente en el cuello, zona lumbar, rodillas y muñecas, en cualquier lesión –reciente o antigua-. Vale doblar las rodillas cuando haga falta (por ejemplo al aprender a construir, al abandonar, e incluso al sostener casi todas las posturas en pie -¡No somos playmobil!-). Vale dejar caer o, por el contrario, sostener el cuello cuando se supone que eso no se hace. Vale incluso ¡no apretar el suelo con la base del dedo gordo! si ese día es preciso –y mira que digo veces lo contrario en clase-.     Cuatro cosas: Primera, sensibilidad. Segunda, sensibilidad. Tercera, técnica. Cuarta, sensibilidad.

 

Según desarrolles una buena técnica gracias a tu práctica irás estabilizando las articulaciones al activar correctamente los músculos. Con estabilidad en las articulaciones puedes moverte con seguridad en las posturas. Cuando empiezas no puedes hilar tan fino todo el rato. El enfoque correcto en cada postura, base de la técnica, es una consecuencia: el resultado de despejar pacientemente movimientos parásitos y tensiones que suelen sentirse lejos del foco que las produce. Algunas veces “te saldrá” y muchas otras no. Si al moverte en una postura duele la rodilla, afloja el movimiento y disfruta –seguridad pasiva-. Si practicas así podrás hoy, mañana, algún día, encontrar y aplicar la técnica que te permita enfocar la cadera y la pisada activando los músculos precisos y estabilizando ísquiones, caderas, rodillas y tobillos. Entonces podrás realizar, sin dolor, el movimiento que sugiere la postura –seguridad activa y rehabilitación-.  Esto es no-violencia. Esto es yoga.

 

Quien practica sosteniendo dolor reafirma físicamente, materializa, encarna el error de que forzar es bueno porque “así  llega” a tocar no se qué con otra cosa. Su postura vital entonces será la verdad congelada en rictus (la impostura) de que aprender implica dolor y la vida es la supervivencia del más duro, del más insensible. Antes o después el punto más débil, que llevaba tiempo avisando inútilmente, chascará. Por karma. Por insensibilidad. Esto es autodestrucción.

Para favorecer concentración, comodidad y sensibilidad es bueno comenzar con movimientos naturales y lógicos, y esto significa de pie. Y significa doblar las rodillas. Movimientos conocidos,  intuitivos: agacharse, levantarse, desplazarse. Movimientos gratificantes. Así se montan secuencias, “vinyasas simples”  (más sencillos que los Saludos al Sol, que llegarán más tarde). Cuanto más refinado y profundo es el movimiento más antinatural resulta para un principiante. El refinamiento también es un resultado, no una causa. Los amplios y evidentes movimientos de los vinyasas iniciales enfocarán tu propiocepción  para desarrollar los movimientos ocultos de ásana, que existen pero no se ven.

 

Todo el mundo sabe “hacer yoga”. Todo el mundo sabe hacer tres cosas esenciales: respirar, moverse, y moverse respirando.  Tan natural como caminar, levantar peso, correr, bailar, nadar, hacer el amor, dar a luz. Y todo el mundo sabe aflojar el dolor. De ahí nace una buena práctica. Respirando profunda y cómodamente permites a tu cuerpo extenderse adoptando formas al inhalar y resumiéndolas al exhalar. Surge una sincronización, un ritmo y una, cada vez más clara, sensación de fluidez, facilidad, que te ayuda a calmarte y centrarte. Una danza primitiva muy deseada desde tu ADN. Los humanos gozamos bailando.

 

Cuando el cuerpo quiere más, le damos más. Secuencias y posturas más intensas y más complejas, como las del suelo, donde la huella se extiende y complica y donde las acciones requieren una claridad que ya hemos despejado. Es sensato experimentar cansancio en determinados momentos, pero no fatiga. Es positivo “exprimir” profundamente el cuerpo, para eso está hecho, para entregarse y gozar del movimiento. Finalmente querrá descansar, ahí llegan las posturas que lo permiten: inversiones cómodas que se pueden sostener largo tiempo.

 

El movimiento sólo se detiene (teóricamente) en savásana, la postura del cadáver, la postura en la que entregamos el cuerpo a la tierra. Entregamos el cerebro y su manera de entender y manipular el mundo. Tras la práctica este acto de entrega resulta sumamente satisfactorio porque llevamos experimentando largo rato que la polaridad en la que vive la mente es una abstracción, lo real fluye al conectar los polos. La consciencia del peso y el empuje han abierto la realidad del flujo de energía. La mente polar reposa satisfecha en aquello que la origina y nutre ¡No tiene que controlar –ni crear- el Universo! Está bien dispuesta a ceder el control y descansar. Podemos soltar las riendas de los nervios. Ya no hay polos. ¡Luz!.

 

 

¡ESO TÚ!

Percibir, por ejemplo, una rodilla es más complejo de lo que parece. En mi cerebro, la rodilla comparte espacio con recuerdos variables, deseos ocultos y expresados, sueños, creencias, fobias, filias…

 

¿Cuán real es la rodilla que percibo? En un momento la noto desde su  limpia participación biomecánica en una postura, pero al segundo siguiente puedo hacerlo desde el recuerdo de la luxación que tatúa la cicatriz, desde el dolor o la inestabilidad, incluso la he percibido como temblor al ver en el calendario la inminente fecha del cobro de la hipoteca.

 

Y eso con mi material, íntima, conocida y personal “rodilla”. Ni te cuento lo que me puede pasar con “patria”, “política”, “factura”,  “cambio climático” o “Derecho consuetudinario”… Ya sé que, cuando meditamos, permitimos que las palabras resbalen de nuestra consciencia, a la que dejamos de sujetar. Pero no siempre estamos meditando, y  las palabras están hechas para agarrarse, juntarse y crear imágenes.

 

La energía que transforma los símbolos en imágenes, actos,  emociones y deseos en nuestro interior no distingue. Simplemente realiza su trabajo. Uno escucha “rosa” y ya la tiene dentro… Desgracia… Odio… Enfermedad. ¿Cuántas de esas expresiones –y mucho peores, me contengo a posta- viajan desde los titulares del mundo?

 

Víctor, nuestro hijo, ha aprendido desde su más tierna infancia las artes del exorcismo. Ya cuando tenía seis años y escuchaba por la tele, aunque fuera de lejos: “el sarro se te acumula en las encías y hace que se te caigan las piernas” o prédicas semejantes, respondía al punto: “Eso tú” detectando el veneno de los imperativos publicitarios y evitando su absorción inconsciente.

 

“Hay crisis, y va a ir a peor”. “Fumar mata”. “Aumentará el paro”. Todas estas sentencias que aborrezco escribir se hacen reales, en cuanto se escuchan o leen,  de párpados hacia dentro, y el ser humano goza del privilegio de materializar lo que imagina. Es evidente que aún nos queda mucho que aprender de nosotros mismos. De momento ahí van unos exorcismos calentitos recién hechos en casa.

 

“Hay crisis y va a ir a peor”. Que la crisis, del griego “separar” vaya a peor, significa que la unión, la solidaridad, el compañerismo, mejorarán en proporción directa. “Fumar mata”. No. Lo que mata es dejar de vivir. Fumar con sentido común puede ayudar a saborear un momento con mayor intensidad, así como fumar mecánicamente es un desperdicio de energía. “Aumentará el paro”. Para quien duda de su poder, de su capacidad, esta frase es un tremendo hechizo de relojería. Propongo, por ejemplo repetir como mantra: “Me muevo con toda la fuerza del Universo en la plenitud, siempre” para anular sus efectos

 

Con tanta saturación de información interesada flotando por todas partes hay que tener cuidado con lo que se materializa en nuestra mente y mantener una escrupulosa higiene mental. Yo, por si acaso, siempre tengo un “Eso tú” a mano, mi honrado espejo gitano para devolver el mal fario y no quedarme con lo que no es mío.

 

 

LA HISTORIA DE LA PAZ

Hace tiempo que le vengo dando vueltas a la idea de que la historia oficial es la interpretación partidista del uso de la violencia. Escuelas y tendencias opuestas juzgan quién fue culpable y quién inocente, qué método de gestión de la violencia es correcto y qué método no lo es. Muy diferentes, pero todas coinciden el algo: el motor de la historia de la humanidad es la guerra.

 

Periódicamente surge en los historiadores esa vena de inocencia que nos afecta a todos, y buscan utopías. Luego llega la contramoda, el revisionismo que se encarga de echarlas por tierra. Los mayas eran pacíficos. Y aparecen las pinturas de Bonampak donde ejecutan, a colores,  prisioneros de guerra con desparpajo y maza de obsidiana. A tomar por saco la utopía maya. ¿Los griegos? De piratas a Alejandro, y por el camino la democracia, adicta a la esclavitud. Una risa hueca y sin pizca de gracia parece enseñorearse de la historia oficial cuanto más se revisa.

 

Pero la utopía tampoco es inocente… Buscando utopías hemos ido muy lejos, hemos creado regiones en la imaginación que muchos han ido a encontrar en la tierra: Patagonia, California. Reich, marxismo, tierra santa o democracia. A veces las utopías son la ponzoña concentrada de la guerra en frasco imaginario.

 

Un tufo que parece exudar del estudio de la historia, tanto como utopía como revisión científica es la inevitabilidad de la guerra. La naturaleza humana y todo eso. Pero si esto nos llama la atención es sencillamente porque no es normal.

 

La guerra es anormal. Que el ser humano sea el único ejemplo en la naturaleza capaz de ella puede significar que nuestro grado de libertad nos permite ir en contra de nuestro propio programa si lo consideramos preciso. Total, es lo que la mayoría hace con su cuerpo gran parte de las horas del día: someterlo a lo que no es natural para él. Total, es lo que la mayoría hace con sus deseos, emociones y creencias: someterlos a la frustración de no satisfacerlos por “necesidades superiores”. Si no hay consciencia de la satisfacción, de la paz, de la calma, entonces la consecuencia es la guerra. Consecuencia. No causa.

 

Creo que el motor de la historia es la búsqueda de la satisfacción. La paz. Creo que todo el sufrimiento de la historia tiene un sentido, un punto final hacia el que se dirige: la paz. Y cada día está más cerca. La guerra ha sido una escuela, y ya toca ir recogiendo, cada vez más de nosotros, los frutos de nuestro aprendizaje. El otro no posee la fuente de mi satisfacción. No tengo que quitarle nada. Está en mí. Nadie puede quitármela. La paz es lo natural en mi ser, sólo tengo que escucharlo, escucharme.

 

La práctica del yoga me enseña a escucharme. Me enseña cómo la satisfacción está en mí. Es mi antídoto personal contra la historia oficial y creer que la paz es cosa de otros (los grandes líderes, las masas, el capital, un dios de libro). La paz en el mundo (que es lo que me entra por los sentidos hasta mis programas personales y mis respuestas) es cosa mía.

Si atendemos a la publicidad de los productos que el cuerpo primermundista necesita según la teletienda y a estadística ¿Qué imagen tenemos de éste? Sospecho que la de algo parecido a un avarísimo almacén de calorías que tiende a envejecer indignamente. Esto quiere decir que quemando calorías y pareciéndonos eternamente a los juveniles modelos artificiales que hemos creado alcanzaremos la felicidad.

 

Yo me esperaba que en este momento histórico en el que estamos redefiniendo qué es la inteligencia y cómo se transmite, en el momento en el que todos podemos enunciar que la materia, la energía y la consciencia son lo mismo bajo diferentes puntos de vista, asistiríamos a un deseo mayor de comprender y cultivar la inteligencia en todas sus manifestaciones, incluida la inteligencia corporal y los ejercicios psicofísicos con mayor capacidad para el aprendizaje, la salud y la sensibilización… En parte es así. Nunca antes tanta gente ha practicado yoga, tai chi, aikido, danzas, gimnasias inteligentes etc. antes en el planeta.

 

Pero la  imagen industrial que tenemos del cuerpo como envejecible almacén de grasa provoca que muchos sistemas y métodos de ejercicio se conciban para satisfacerla. Quemar más calorías en menos tiempo, con menor esfuerzo y obteniendo una apariencia más –artificialmente- juvenil son los cánones de la nueva religión del fitness. “Parece delgado. Parece joven. Parece perfecto” es el Nuevo Mandamiento.

 

Y todo el mundo, lo mismo en su casa que en clases multitudinarias, puede gozar del placer que proporciona engranar el cuerpo en una máquina o artefacto que, con sus repeticiones mecánicas, nos ayudará a reducirnos. La bicicleta, el remo, el peldaño inventados para desplazarse y llegar, ahora se usan para consumirse. Un-dos, un-dos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Millones de personas desfilando a un ritmo monótono sin moverse del sitio-máquina-franquicia. Centauros mordiéndose la cola.

Pero ¿Y la inteligencia del cuerpo? El arte de comprender el funcionamiento y las posibilidades de MOVIMIENTO que tenemos. La mayor parte de las nuevas gimnasias se basan en el uno-dos. Mecánico. Fácil de aprender, eficaz para quemarse. No hace falta más para que el consumidor (nunca mejor dicho) pueda pagar su dinero.

 

El cuerpo está hecho para moverse. Y nuestra inteligencia parte de este hecho.

 

Yo soy un ambicioso. Si me voy a pasar un rato todos los días de mi vida ejercitándome para equilibrar el sedentarismo de una cultura que ha inventado el “Que se muevan ellas” –las máquinas-, quiero sacar el mayor provecho. Sinceramente dudo de mis cualidades de pistón.  Creo que cualquier mecanismo puede empujar un cigueñal más rápido, más tiempo y mejor que yo, y además le dará igual no llegar a ninguna parte. Prefiero desafiarme cada día para llegar a lugares no visitados en el espacio sorprendentemente móvil de mi propio cuerpo. En él se reflejan todos los paisajes de mi mente, de la tierra que me forma, los misterios del Universo y la libertad de no pertenecer al imperativo industrial de: “Parece Bello”. Yo ya soy bello. ¡Y tú más!

 

 

 

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